En esos años un piloto y un mecánico de avión, eran motivo de curiosidad. Al bajar el tanque averiado y ver la fisura que tenía, se me vino el alma al suelo. Creía que sería de chapa, fácil de reparar, pero no, era de aluminio y ahora... ¿que hacemos? De pronto recuerdo que hay un taller que hace algunas soldaduras en piezas de antimonio, quizas hace también aluminio.
Hacia ese taller vamos. Era de don José de Diego, un viejo mecánico de automóviles. En su galpón de calle Sarmiento, tenía automóviles antiguos, raras motocicletas y cantidad de elementos fuera de lo comun. Le muestro el tanque averiado, lo mira con curiosidad y con un poco de duda me dice que "esto es medio difícil", pero lo intentará. Limpió la fisura, trajo un frasco con un ácido, un tarrito con un polvo blanco y unas varillas finas de aluminio. Me dio unas explicaciones con términos raros, referentes a ese trabajo de soldadura y encendió la autógena. Al tanque lo había llenado de agua. Previo a acercar el soplete encendido, nos dice todo en forma misteriosa "muchachos retirense y miren de lejos", cosa que hicimos. Al cabo de un momento terminó, vació el agua, limpió con jabon y cepillo lo soldado, probó si había pérdidas y no, la verdad que quedó bien, aunque se veía que cortaba clavos al soldarlo. No era facil.
Don José de Diego era entusiasta de la aviación y me sabía contar cosas referentes a Sebastián Peyrel, constructor de un avión con motor rotativo y su caída en Tandil en el año 1919. De Diego fue uno de los primeros, en esos tiempos, en realizar trabajos con delicados metales. No había los elementos ni la técnica de hoy.
Vuelvo con el tanque al avión junto a mis dos amigos y en presencia del agente y un chico del encargado del Hpódromo de apellido Romero, hicimos la instalación en la máquina y con una bomba de mano, le volvimos a colocar el líquido que venía en recipientes con el rótulo SMOKE y lo importaba la entonces conocida firma Agar Cross.
Lo veo nuevamente al señor Comi, le comento que todo se hallaba bien y me dice "Mirá García, he resuelto llevarte como copiloto, prepará tus cosas que mañana salimos, yo te ayudaré para que seas piloto. No podía creer lo que me decía. Le manifesté que tenía mis cosas en una casilla en la ruta 74 y que debía avisar al señor Canal, que me iba a la aviación. Nuevamente con mis amigos y en la camioneta Nash, que la usábamos con la barra para todas las correrías, salíí hacia el campamento a buscar mis pocas cosas y despedirme de esas rudas pero buenas personas, que fueron mis compañeros en el camino. Me alentaban al conocer mis propósitos, por eso al escribir estas líneas tengo un recuerdo para el viejo Chalo, cocinero del campamento, el señor Canal, Capristo, encargado del motor que movía la cinta de cargar granza, Irigoyen que era primo de un conocido piloto de la Aeroposta Argentina en la linea a la Patagonia con los LATE 25 y los trimotores Junker. El siempre me hablaba mucho de su primo y de otro compañero de apellido Arfinetti.
Apretones de manos, abrazos y deseos de buena suerte, regresamos a Tandil. Justo que llego a la estación de servicio, escucho el ruido del motor del Stearman que pasa encima nuestro alejándose hacia el sudoeste. Quedé sorprendido, pero al momento me entero que Comi me estuvo esperando y como se le hacía tarde para estar en la ciudad de Juarez, levantó vuelo y me esperaría en esa localidad. ¿Como iría?. En la camioneta imposible, el padre de los Salvi no permitiría ese viaje. Pedirle a mi padre menos, era tener una paliza asegurada. Uno de mis amigos me dice: "En el tren local Leonardo, vas a tener tiempo". El otro amigo que siempre en todos los barrios hay uno fuera de serie, exclama: "Yo te acompaño hasta la Estación Gardey, para más lejos no tengo guita". Todo en esos momentos era apuro. Mi padre estaba en su oficina con un nudo en la garganta y aflorando las lágrimas le tiendo la mano para despedirme, me saluda sin decirme nada. Fuí hacia mi madre que lloraba y me decía que se caería el avión y moriría quemado, mientras para hacer más triste la despedida, el perro del taller ladraba y aullaba a más no poder.
(Continúa)










